Ives Klein: artísta conceptual, performer, filósofo natural contemporáneo, mago, poeta de la acción, encarna el renacimiento del espíritu de la vanguardia.
Como un reflejo de las intimidades fantasmagóricas entorno a las vanguardias en nuestro medio sinvanguardia va el ejemplo de Sandro Romero Rey, hombre de escenarios y letras, de cine y de rock, pupilo de Andres Caicedo nos viene desde su Blog con éstas:
LA MELANCOLÍA SE NUTRE DE SU PROPIA IMPOTENCIA 30/04/2010
“Todo parecía programado por el azar. El miércoles 28 de abril de 2010 me invitaron a presentar un documental sobre Yves Klein en el Centro García Márquez de Bogotá. Hablé sobre la revolución azul, sobre los orígenes del performance, del ¿body-art¿, de las instalaciones, del vacío como territorio de la provocación. Al día siguiente, en el mismo sitio, hablé sobre Pina Bausch, a propósito del día internacional de la danza. Hablé sobre la danza teatro, la repetición, las relaciones entre las imágenes en movimiento grabadas y las imágenes en movimiento en vivo, irrepetibles. Unas horas más tarde, estaba en la Universidad Nacional de Colombia, presenciando el Laboratorio de la Maestría Interdisciplinaria en Teatro y Artes Vivas, bajo la dirección de Jean-Frédéric Chevallier. El círculo comenzaba a cerrarse y volvía a abrirse. No pensaba citar mis dos experiencias autobiográficas previas, entre otras cosas porque casi a nadie le gusta que le hablen en primera persona cuando lo que se quiere son las ¿miradas objetivas¿ acerca de los procesos artísticos que se reseñan. Pero, lo siento, no se puede guardar distancia en una aventura como la que viví el jueves 29 de abril a las seis y treinta de la tarde en el Salón 209 del Edificio de Diseño Gráfico de la Nacho. Y no se puede, no solamente porque conocía a muchos de los más de 20 estudiantes que allí participaban (algunos los había amado con pasión irracional pero, que no, que no nos vamos a poner autobiográficos), sino porque el trabajo mismo invitaba a un viaje a través de la percepción y de los instintos en los que nosotros, los espectadores, estábamos involucrados, más allá de la simple experiencia racional. Pero tratemos de contar de qué se trata este asunto: al llegar al edificio, se nos invitaba a subir al segundo piso, mientras distintos jóvenes, ubicados estratégicamente en el camino, nos acompañaban con sus voces en distintos idiomas. Una vez en el salón (¡comienza la narración en primera persona, señoras y señores!) me senté frente a una proyección (obra de arte contemporánea que no tenga un video-beam, no existe: deberían exhibir video-beams en las exposiciones de arte conceptual, así como otrora se exponían ruedas de bicicletas o televisores ¿à la¿ Nam June Paik). Me senté, decía, frente a la proyección y allí oí la voz que, supe, debería ser la del actor César Falla, leyendo textos de la ¿novela¿ ¿El mago de Viena¿ del mexicano Sergio Pitol. En las imágenes, primeros planos de los distintos actores (¿actores? sí, actores; y bailarines y videastas y chicos plásticos) que poco a poco reconoceríamos en vivo a lo largo y ancho del salón de nuestras fortunas y desgracias. Yo no sé por qué pensé en esos momentos en una película de Jacques Rivette que se llama ¿L¿amour fou¿, quizás porque las imágenes me remitían al teatro filmado y en la película francesa se ven fragmentos de la puesta en escena de la ¿Andrómaca¿ de Racine, pero bueno, supongo que cada uno de los sesenta espectadores que allí nos encontrábamos nos pasaba algo similar, recurríamos a distintos recuerdos y a distintas asociaciones, porque de eso se trataba, de dilatar el tiempo, de manipularlo, en la proyección veíamos fragmentos de ¿El mundo de Apu¿ de Satyajit Ray, pero hubiéramos podido ver fragmentos de ¿L¿amour fou¿ o de ¿Electronic City¿, porque el viaje era denso y laxo, qué le vamos a hacer. Acto seguido, los veinte actantes (no los llamemos actores, aunque por qué no) pasaban a un extremo del salón y azotaban sillas y mesas en ágiles movimientos, para luego caer en estatismos y miradas desafiantes al público. Luego, una actriz escribía palabras mínimas (¿gato¿, ¿paloma¿) en una pared del salón, mientras el resto se acercaba al público y le susurraba frases al oído. A mí se me acercó, como venida del más allá, una pequeñuela ya no tan pequeñuela que me dijo, agitadita ella: ¿disculpa las metáforas. A veces me excito y me pongo romántica¿. Pensé que la frase se la había inventado para la ocasión y, de verdad, alcancé a celebrar su velocidad, pero luego me enteré de que todo estaba fríamente calculado, incluso la frase, la cual otro actor repitió en otro momento de la experiencia. Más adelante, el viaje se tornó agresivo: dos jóvenes intentaban golpear con palos de escobas a dos actrices. Tres chicas recitaban fragmentos de ¿2666¿ de Roberto Bolaño (¿será que la novela de Bolaño se va a convertir en objeto de culto para los teatreros? Yo hasta me subo en ese bus¿). Luego, los veinte actores se besaban desgarradamente en la boca, unos con otros, por varios minutos. Yo volví a experimentar la enfermiza fascinación de los celos y quise salirme del salón en señal de protesta. Pero no tuve tiempo. Un grupo de actores entró al salón con platos de comida y le repartían al público, mientras la pequeñuela, luego de besarse con medio mundo, se me acercó de nuevo y me dio un discreto y conciliador ósculo en la mejilla. No la perdono. La comida, por su parte, pasó de boca en boca, pero yo me negué a probar, así fuese la pequeñuela quien me la ofreciese. En medio de la baraúnda, le seguía los pasos a Dubián Gallego, viejo compinche de pasadas aventuras escénicas. Saltaba en un pulso ciego con otros dos actores y me tranquilizó verlo en forma, ni más faltaba, a veces el tiempo hace de las suyas. Las imágenes y los sobresaltos se mantuvieron por espacio de una hora y, por fin, tras arrojar unas cuerdas al techo y dejándolas colgar por todo el espacio, la experiencia concluyó. Se me hizo extraño que nos invitaran a aplaudir, pero aplaudí, de todas formas, porque estaba, de alguna manera, sedado. Al llegar a casa, húmedo, bañado en recuerdos y en los restos de la lluvia, traté de comenzar estas líneas con un título rimbombante: ¿las imposturas del azar¿. Pero pronto me di cuenta de que el trabajo (¿el trabajo?) que acababa de ver se llamaba ¿La melancolía se nutre de su propia impotencia¿. Entonces entendí lo que me pasaba. Entendí por qué había salido huyendo, casi sin despedirme de nadie, con Yves Klein y Pina Bausch y Jean-Frédéric Chevallier entre pecho y espalda. Entendí que sí, que claro, que la melancolía se nutre de su propia impotencia y yo había sido víctima de una agresión flagrante del pasado, de una sensación demasiado profunda, donde se me cruzaron los cables de la memoria y me sentí agotado, maniquí sin brazos y sin piernas, entendí y acepté cómo este tipo de arbitrariedades artísticas pueden ser incómodas para la gran mayoría, comprendí por qué las evitamos y, al mismo tiempo, las podemos valorar sin reservas, porque sí, porque son viajes hacia el delirio de de las sombras, hacia los besos robados y los amores locos, son piezas fractales del horror y de la dicha, de las cuales salimos airosos, luego de sumergirnos, sin escafandra, en medio de mucho Bach y muchas Têtes Raides y mucho Nusrat Fateh Ali Khan. Una hora después, tras la huida, llegué a casa y los tubos del agua estaban rotos. Había que llamar al plomero. No me molestó que se hubieran roto los tubos del agua de mi apartamento. Era apenas entendible.”
LA MELANCOLÍA SE NUTRE DE SU PROPIA IMPOTENCIA 30/04/2010
ContraEscena – Blog de Sandro Romero en Vive.in

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